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La respuesta inmune humoral, también conocida como respuesta inmune mediada por anticuerpos, se dirige a los patógenos que circulan en los "humores" o fluidos extracelulares, como la sangre y la linfa. Los anticuerpos atacan a los patógenos invasores para destruirlos a través de múltiples mecanismos de defensa, incluida la neutralización, la opsonización y la activación del sistema del complemento. Los pacientes con deficiencia en la producción de anticuerpos sufren infecciones graves y frecuentes por patógenos comunes y patógenos inusuales.
Los linfocitos B, también conocidos como células B, son responsables de detectar patógenos en la sangre y el sistema linfático. Aunque se originan en la médula ósea, su nombre proviene de la bolsa de Fabricio, un órgano especializado en las aves donde fueron descubiertas por primera vez. Una vez liberadas de la médula ósea, estas células maduran en tejidos linfoides secundarios, como el bazo, los ganglios linfáticos, las amígdalas y el tejido linfoide asociado a las mucosas en todo el cuerpo. Su función principal es producir anticuerpos, que son esenciales para la respuesta inmunológica adaptativa.
Las células B se unen a antígenos, partes específicas de un patógeno, a través de sus receptores. Sin embargo, para activarse, requieren una segunda señal, que puede ser proporcionada por células T colaboradoras o, en algunos casos, por el propio antígeno. Cuando ambos estímulos están presentes, estas células forman centros germinales, donde proliferan y se diferencian en células plasmáticas y células B de memoria. Todas las células derivadas de un clon ancestral común responden al mismo antígeno. Cada célula plasmática secreta anticuerpos genéticamente idénticos que circulan en el torrente sanguíneo. Las células B de memoria producen anticuerpos que se unen a la superficie de la célula y son altamente específicos contra el antígeno que inicialmente condujo a la producción de las células B de memoria. Las células B de memoria son longevas y permiten que el organismo reaccione mucho más rápido y más fuerte ante una exposición secundaria al mismo patógeno.
Los anticuerpos se unen a los antígenos que encuentran en los fluidos corporales. El complejo anticuerpo-antígeno resultante activa tres mecanismos de defensa principales: la neutralización, la opsonización y el sistema del complemento.
Neutralización: los anticuerpos “neutralizan” un patógeno al interferir con su capacidad para infectar las células huésped. Por ejemplo, cuando un anticuerpo se une a la superficie de un virus, puede afectar la capacidad del virus para unirse o ingresar a las células objetivo, inhibiendo efectivamente la infección.
Opsonización: los anticuerpos funcionan como opsoninas, que "marcan" los patógenos para su destrucción. Específicamente, la formación del complejo antígeno-anticuerpo atrae y estimula las células fagocíticas que fagocitan y destruyen el patógeno.
Complemento: los anticuerpos pueden activar el sistema del complemento, que desempeña un papel tanto en la inmunidad innata como en la adaptativa. El sistema del complemento es una cascada secuencial de más de 30 proteínas. Con la ayuda de anticuerpos, estas proteínas opsonizan a los patógenos para su destrucción por macrófagos y neutrófilos, inducen una respuesta inflamatoria con el reclutamiento de células inmunes adicionales y promueven la lisis (destrucción) del patógeno.
Los seres humanos que padecen trastornos del sistema inmunológico humoral a menudo se identifican a una edad temprana, cuando disminuye la cantidad de anticuerpos que el bebé recibió de su madre (es decir, inmunidad pasiva). Dada la complejidad del sistema inmunológico humoral, las causas de su mal funcionamiento son múltiples. Sin embargo, casi el 80% de los pacientes con una enfermedad de inmunodeficiencia primaria implican un trastorno de anticuerpos. Por ejemplo, la hipogammaglobulinemia es la deficiencia o el número bajo de todas las clases de anticuerpos. Los pacientes tienen infecciones de oído, de los senos nasales y pulmonares más frecuentes y sufren problemas gastrointestinales, como diarrea, malabsorción y síntomas del síndrome del intestino irritable. En general, la frecuencia y gravedad de las infecciones de los pacientes aumentan con la edad. Las infecciones por patógenos inusuales tienden a ser graves y las infecciones por patógenos comunes suelen ser graves y recurrentes.
- [Instructor] En la otra respuesta adaptativa inmune,
la inmunidad humoral, el sistema inmunológico se enfoca en
los patógenos en los fluidos extra-celulares
que incluyen sangre y linfa.
Los patógenos invasivos como bacterias son detectados
por leucocitos específicos llamados células B
que reconocen antígenos específicos en
superficies bacterianas.
Una vez que los células B son activadas proliferan
y se diferencian como células plasmáticas
que segregan millones de anticuerpos
que circulan a través del cuerpo
y activan varios mecanismos de defensa.
En un método, los anticuerpos que se adhieren a los
antígenos en la superficie de un patógeno pueden
desactivarlo o neutralizarlo interfiriendo con su habilidad
para infectar la célula huésped.
También pueden opsonizar o etiquetar a los patógenos
para engullición y destrucción de los fagocitos
tales como macrófagos o neutrófilos.
Finalmente, los anticuerpos pueden activar el sistema
complementario, un complejo de proteínas que mejora
la opsonización y destrucción de patógenos.
Incluso con los patógenos destruidos, algunas células B
se diferencien en células B de memoria
en vez de células plasmáticas.
Eras células B de memoria continúan produciendo
pequeñas cantidades de anticuerpos mucho después
de que pasó la infección.
Si el mismo patógeno vuelve a entrar en el cuerpo
estos anticuerpos circulantes pueden captarlo
para la destrucción inmediata.
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